Hace 500.000 años, nuestros antepasados humanos habitaban una tierra inhóspita plagada de calamidades naturales, entre las que el fuego era la más temible y frecuente. Cuando el rayo o la centella aparecían en el cielo en forma de resplandor fugitivo, arrasando con su destello brillante extensiones de grandes árboles, el hombre huía como los otros animales y se acurrucaba atemorizado en el fondo de su caverna. Tiempos después, su curiosidad le llevó a observar el fulgor extraño y atrayente que quedaba sobre la tierra y lo llevó a observa el fulgor extraño y atrayente que quedaba sobre la tierra y lo llevó a observar el fulgor extraño y atrayente que quedaba sobre la tierra y lo llevó con cuidado a su caverna, conservándolo con ramas caídas de los árboles. Su presencia le producía una extraña y sosegada confianza en sí mismo.

     Después vino el gran descubrimiento. Frotando una con otras dos piedras de sílex, aparecía una chispa que producía también el fuego tan celosamente conservado. Este hallazgo fue considerado después, el primero y más grande descubrimiento de la historia de la humanidad.  En el mismo momento que el hombre descubrió el secreto de encender el fuego, cambió el curso de su supervivencia. El fuego le sirvió para protegerse del frío invernal. A la entrada de su gruta, le defendió de los ataques de los grandes animales que no podía combatir. La carne que se procuraba para alimentarse, producía mejor sabor a su paladar tostándola sobre el fuego, que comiéndola cruda como hasta entonces y cuando tuvo al fuego totalmente dominado, atacó a las fueras primitivas con teas llameantes y si era herido cauterizaba su piel sobre los rescoldos, con grandes alaridos de dolor. Pasaron muchos siglos y milenios. El hombre comenzó a agrupase con sus semejantes dando paso a un nuevo proceso; la vida comunitaria. Se practicaba la caza y el pastoreo y después se descubrió la agricultura. El fuego moldeó las vasijas para cocinar y almacenar los alimentos que la tierra procuraba y otro gran paso en la vida evolutiva se logró, al aprender el hombre a fundir los metales. Las cavernas habían sido abandonadas y se habitaba ahora chozas en comunidad. El fuego estaba totalmente dominado por el hombre, pero a veces se volvía contra él. Y crearon una reglamentación de su uso, para defender sus viviendas de la destrucción, mientras ausentes, practicaban la caza, el pastoreo o araban las tierras de barbecho. Así comenzó casi en los albores de la humanidad, la lucha organizada contra el incendio. LOS BOMBEROS Y SU HISTORIA Entre los pueblos antiguos, los griegos tenían organizados centinelas nocturnos para vigilancia de sus ciudades y daban la alarma en caso de incendio. En todas las ciudades del Imperio Romano también estaban regulados estos servicios, a cargo de unos magistrados especiales, y después pasaron al mando de determinadas legiones, exentes de guerra. Con los siglos, estas organizaciones evolucionaron muy poco. Durante la Edad Media se tuvo del incendio un concepto relativo, considerándole un daño inevitable. A partir del siglo XVI la artesanía da paso en toda Europa a una modesta industrialización. Los incendios son más frecuentes y se hace necesario combatirles de forma práctica. Hacia la mitad del siglo XVII la línea del material contra incendios se reducía a hachas, picos, azadones, cubos y jeringas de bronce. Los países más avanzados contaban con rudimentarias máquinas hidráulicas, que eran suministradas de agua por hileras de vecinos, que se pasaban los cubos de mano en mano. En 1830 aparecen organizados en Europa los primeros zapadores bomberos. Primero estas organizaciones estuvieron a cargo de las Compañías de Seguros y después pasaron a depender oficialmente de los respectivos municipios. A finales del siglo XVIII se extienden unos tipos de bombas a mano más perfeccionadas -doble inyección- y finalizando el siglo XIX se introducen en España las primeras bombas a vapor. Después de la primera década del siglo XX -1950-1930- la tracción animal da paso a la tracción mecánica -autobombas-. La radio y el teléfono son perfecta coordinación entre los incendios y estos Servicios y con las dos grandes Guerras Mundiales, se captan nuevas formas de extinción debido al empleo de productos procedentes de la guerra química que utilizan ambos bandos beligerantes, -espumógenos, polvo químico, CO2 y halógenos-. Actualmente y a partir de un futuro no lejano que se vislumbra ya, se pondrán en práctica, nuevas técnicas de prevención y extinción, hoy en estudio y que señalarán un camino paralelo entre la era electrónica y el engranaje que forman los Servicios contra Incendios y de Salvamento organizados. LA MAQUINA Y LA HISTORIA La primera máquina aplicaba a combatir incendios, fue una bomba aspirante-impelente ideada por Ctesibios, sabio griego que vivió en Alejandría, durante el reinado de Ptolomeo Filodelfio. Esta máquina llamada sipho por los romanos se encuentra en numerosos testimonios de la época. La máquina ctesibica desaparece en el tiempo y XVI siglos más tarde, -1.477- sé reinventa una jeringa a agua en la ciudad alemana de Augsburgo, destinada igualmente a la extinción de incendios. Desde la primitiva bomba del siglo II antes de Cristo, hasta la más moderna autobomba de nuestros días podría reconstruirse a través de la máquina contra incendios, las etapas sucesivas de la historia humana, a lo largo de los siglos.